Últimamente los sin techo, esa gente a la que imaginamos desdentada o piorreica, olorosa a pis y a vino de caja, flaca muy flaca y acompañada indefectiblemente por una manta y/o un par de bolsas de supermercado anudadas y rellenas de cosas que son un misterio, dejaron de ser exclusivamente enfermos mentales, alcohólicos y drogadictos. Y así como en algún momento de la economía se conoció en el mundo a los nuevos ricos, hoy vemos el surgimiento, bien al margen de la economía, de los nuevos sin techo: inmigrantes y divorciados.